Cuando la veterinaria inspeccionó a este perro, se quedó sorprendida y horrorizada. A pesar de estar acostumbrados a ver salvajadas de todo tipo, ésta, por absurda, llamaba la atención.

El perro del que nos acabábamos de hacer cargo en el CAA tenía un mosquetón viejo y oxidado incrustado en el pecho a modo de piercing, del cual a su vez se enganchaba el collar del cuello. Una perfecta tortura para el perro, el cual ante cualquier tirón de la correa al collar lo sentiría como si le estuviesen estirando de la carne.

El animal también corría el riesgo de que los tejidos se cerrasen definitivamente en torno al mosquetón puediendo producirse una grave infección. Afortunadamente logramos quitárselo y ahora espera que una familia le demuestre que hay gente normal en el mundo.

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